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2012 o el arquetipo del Apocalipsis

Mostrando Japón1.jpgEl Tsunami y los reactores nucleares de Fukushima ponen sobre la mesa, una vez más, las creencias milenaristas y apocalípticas. ¿Estamos viviendo el final de los tiempos o simplemente ahora nos enteramos de las catástrofes naturales –que siempre han ocurrido– con más efectividad gracias a los medios masivos? ¿Está llegando a su fin la especie humana o morimos más justamente porque ahora somos más?

Creo que estas preguntas no logran captar la esencia del problema y, por el contrario, lo desenfocan. Ni el cínico escepticismo de los pragmáticos, ni el incauto sectarismo apocalíptico nos dan una buena explicación de un fenómeno que, a mi juicio, está ocurriendo a nivel psicológico en la mente colectiva y que, en efecto, es de vital importancia para nuestra especie. Mi hipótesis es: el apocalipsis es un estado psíquico que estamos constelando a nivel colectivo y el cual debemos procesar e integrar para lograr vivirlo de una manera madura. Algo así como una crisis de la adolescencia, solo que a nivel mundial.

 

Dos velas, dos torres en llamas

El libro del Apocalipsis, en el capítulo 11, habla de “dos testigos… vestidos de cilicio… dos candeleros que están en pie delante del Dios de la Tierra”. Dice que estos dos testigos, estas dos velas, serán destruidas “y sus cadáveres estarán en la plaza de la grande ciudad”. Después de los ataques del 11 de septiembre, en un acto de homenaje a las víctimas de los ataques, un grupo de niños neoyorkinos fue invitado a crear obras de arte para ser expuestas alrededor de la ciudad. Curiosamente, en muchas de las pinturas de los niños, las torres gemelas fueron representadas como dos velas.

“A cinco y cuarenta grados el cielo arderá, fuego acercándose a la gran ciudad nueva, al instante gran llama esparcida saltará…”, asevera Nostradamus en su famosa Centuria número 6. Hace poco vi un documental en History Channel acerca de un supuesto libro de César, hijo de Nostradamus. Lo llaman El libro perdido por su origen incierto y está compuesto de 80 acuarelas de tinte profético. Una de ellas, casualmente, es una torre en llamas. Y claro, no hay que olvidar que uno de los arcanos mayores del Tarot de Marsella es, justamente, una torre incendiada de cuyas ventanas caen personas como hojas al viento. ¿Están estos signos unidos tan solo por una coincidencia? ¿Serán estas relaciones solo una invención de la mente paranoica?

Creo que no. A mi juicio, no cabe duda de que vivimos en el estado psicológico del fin de los tiempos: la hora de la profecía. Se lo ha llamado de muchas maneras: kali yuga, la transición a la era de acuario, el retorno de Quetzalcoatl, el fin de la quinta humanidad, la purificación planetaria… Y no hay que ser un clarividente para darse cuenta del estado de angustia colectiva que nos rodea. Ya lo tienen bien registrado los guionistas de Hollywood, que desde hace un buen rato nos tienen alterado el sistema nervioso con películas como Terminator, Armagedón, Matrix, la mismísima 2012 o la reciente Battle: Los Angeles, que batió récord en taquillas el pasado fin de semana en Estados Unidos con el argumento recalentado de la clásica invasión alienígena.

Lo que quiero resaltar es que el Apocalipsis, antes que ser un “castigo divino” o una “profecía milenaria”, es ante todo un estado psicológico muy potente, o, como diría Carl Jung, un arquetipo del inconsciente colectivo. Gracias a Jung sabemos que los arquetipos son fuerzas psíquicas muy poderosas que anidan en lo profundo del inconsciente colectivo, fuerzas que a una cierta altura se constelan, es decir, se manifiestan en nuestra personalidad y nos “poseen”. La madre, el loco o el maestro son algunos de los más típicos entre nosotros, aunque también circulan otros más sutiles: la víctima, el viejo, el donjuán, entre otros.

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Cuando un arquetipo se manifiesta se hace muy real. Ese es el problema de los gurús, los mesías o los hombres Rambo. Y ese era el problema de Hittler y Napoleón: ellos estaban totalmente identificados con el arquetipo del Rey Salvador. Pienso que en estos tiempos confusos estamos viviendo, como humanidad, la constelación colectiva del arquetipo del Apocalipsis. Ya lo hemos experimentado en otros momentos de la historia: en la caída del Imperio Romano, en la Edad Media justo antes del año mil y, desde luego, en la víspera del siglo XXI. El mundo nunca se ha acabado, aunque en cada uno de estos casos sí ha finalizado ‘una manera de ver el mundo’. El problema es que ahora la sensación parece más intensa, pues viene acompañada por la agravante crisis climática, económica y psicológica global.

Creo que todos sabemos muy bien que el mundo, tal como lo conocemos, no será el mismo por mucho más tiempo. No hay que tener dos dedos de frente para entender que esta delicada red a la que llamamos planeta Tierra está dando unas buenas convulsiones y que en menos tiempo del que creemos tendrá una cara bien distinta de la actual. Generalmente hay dos posiciones ante esta información. Unos –fríos y racionales– deciden hacerse los de las gafas y no ver el problema, descartando de manera cínica, con cifras en mano, toda la evidencia obvia. Otros –cándidos e incautos–, se lo toman con demasiado miedo, y salen corriendo a la primera secta que se les presenta en el camino. Ninguna de las dos actitudes es psicológicamente madura, aunque las dos son entendibles.

Es cierto que somos más –y por lo tanto morimos más a cada golpe de la naturaleza–. Y es indudable también que los medios masivos de comunicación, con el afán de generar impacto y vender minutos al aire, nos informan con brutal efectividad de todas las malas noticias que podamos imaginar. Pero no es menos cierto que el actual sistema socioeconómico occidental, que logró por fin colonizar el globo, es a todas luces insostenible y está llegando a su fin. Basta tan sólo darle un vistazo al problema alimentario y agrícola o a los precios del petróleo de los últimos cinco años. Nos aproximamos a una crisis global sin precedentes.

 

 ¿Fin del mundo o fin de un mundo?

El problema no es tan simple, pues lo que sucede actualmente sobrepasa con mucho nuestro entendimiento consciente o racional. Y, sin embargo, es un problema que no podemos eludir. El arquetipo del Apocalipsis nos habla, literalmente, del fin de un mundo, de la caída de todo un paradigma, de la muerte de un sistema. No sabemos lo que pueda venir y eso, en la mente, genera una sensación abismal, una angustia inconsciente, un bajo continuo de temor. Aquí es donde son necesarios los símbolos: son ellos los que articulan e integran en la psique este tipo de acontecimientos. El papel del mito para las sociedades “primitivas” –así como el papel del sueño para la psique individual– es justamente el de representar esas fuerzas psíquicas que están más allá de la mente consciente, ordenarlas y darles un sentido.

Es por eso que hoy asistimos a una especie de renacimiento de los mitos, a través de imágenes como el calendario maya, la profecía del 2012 o el culto a la Pacha Mama; en la aparición y canalización de un vasto Olimpo ángeles, arcángeles y maestros ascendidos (Kryon, Tobías, Saint Germain, Ramtha, Metatrón, etc.), o en la narrativa de los contactos extraterrestres e interdimensionales. Y es por eso, sin duda, que las profecías, esos relatos no-lineales altamente simbólicos, calan hoy tan profundamente en nuestra conciencia, querámoslo o no.

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Creo que todas estas narrativas son muy reales. No reales como un petróleo o la crisis alimentaria, sino reales en un sentido psíquico: como estados de conciencia. Creo que provienen de un lugar de la mente el cual apenas estamos descubriendo y hacia el que nos dirigimos todos ineludiblemente. Cuando, según la filosofía yóguica, la energía kundalini alcanza los centros superiores de nuestro sistema energético, muchas personas experimentan visiones celestiales, fenómenos de telekinesis o precognición.

Dice Patanjali, el padre del yoga, que meditando totalmente (samyana) “la imagen que ocupa la mente de otro puede ser conocida” (Yoga Sutras, Libro 3, 19). Dice también que “dirigiendo la luz de la facultad supra-física, se obtiene el conocimiento de lo sutil, lo oculto y lo distante” (Libro 3, 26), y que “realizando samyana en la luz bajo coronilla surge la habilidad de contactar con seres perfectos” (Libro 3, 33). Creo que nuestro potencial psíquico es aún desconocido. Sólo piensa lo que podría hacer una sociedad cuyos individuos dominaran la telepatía, en cuya ética profunda estuviera la unión con la naturaleza y cuyos principios fundamentales fueran el servicio, la cooperación y la intuición.

El mismo Jung hablaba de la sincronicidad: un “principio ordenador acausal”, o en cristiano común: una coincidencia que te deja con la boca abierta. Por ejemplo: sueñas con un amigo al que no ves hace varios años. Ese mismo día sales a la calle y te lo encuentras justo en medio de una plaza llena de gente. Son dos eventos que no parecen tener una causa material, sino solamente una causa psíquica. Jung notó que las sincronicidades se multiplicaban en su propia vida y en la de sus pacientes en periodos de intensa transformación psíquica.

Parece casual que el número de los elegidos del apocalipsis, 144.000, sea el mismo número de días de un baktún, una de las cuentas temporales más importantes para los mayas. Y es muy poético darse cuenta que el ciclo de 260 días del Tzolkin maya represente el tiempo de gestación del feto humano. Pero no deja de ser extraño que el ciclo de la precesión de los equinoccios –el foco de la cosmología egipcia y según el cual estamos entrando en la era de acuario– dure 26.000 años, es decir 260 multiplicado por 100. Y más extraño aún es que, según los astrónomos, la Tierra esté ubicada a 26.000 años luz de distancia del centro de la Vía Láctea. Vivimos en un momento en el que la mente se está abriendo como nunca al orden de la sincronicidad.

De acuerdo: uno puede encontrar coincidencias en todas partes, si así se lo propone, y caer en un sistema de pensamiento paranoide, supersticioso y fanático. Por eso es preciso tener claro que las fechas y las profecías son símbolos, y que hablan de procesos profundos que, en última instancia, no pueden ser representados. El Apocalipsis es el proceso profundísimo del surgimiento de una nueva conciencia, mucho más amplia y poderosa, en el ser humano. Jung la denomina el Self. La tradición cristiana la llama El segundo advenimiento, que no es otra cosa que el nacimiento de la conciencia crística en cada individuo. Los mayas hablan del retorno de Queztalcoatl, la serpiente emplumada que desciende al inframundo para rescatar y revivir los huesos de la humanidad.

Jung sabía que ese proceso, este nacimiento de una nueva conciencia, implica un momento de destrucción, en la mayoría de los casos doloroso. Esa es la torre en llamas: un antiguo sistema de pensamiento, construido durante largos años, que se derrumba ante un fuego que viene del cielo de la nueva conciencia.

Creo que cada uno debe vivir su propio Apocalipsis, su propio fin del mundo tal como lo conocía, su juicio final. Este Apocalipsis, esta muerte del ego puede hacerse de muchas maneras, y la más conocida, la más católica, es la del sufrimiento: el camino de la cruz. Aceptémoslo o no, este modelo está profundamente arraigado en nuestro inconsciente colectivo occidental. Tendemos a cambiar nuestra situación vital sólo cuando el sufrimiento es tan intenso que la tensión se vuelve insoportable. Por eso los profetas occidentales tienden a ser tan fatalistas, y los eventos de cambio en este hemisferio suelen ser tan violentos. Por eso tenemos tanta angustia.

El ego, la vieja conciencia, el viejo paradigma, en todo caso debe morir. Y a fin de cuentas va a morir. Pero este proceso puede darse de una manera sabia, con un poco de ayuda, evitando en lo posible el camino de la cruz. La torre puede ser desecha sin violencia, puede fundirse en las brasas de un fuego amoroso, sin tantas llamaradas explosivas ni gente cayendo a la calle. Puede convertirse en una vela. Tengo la certeza de que cuantos más de nosotros asumamos nuestro propio Apocalipsis, tanto más fácil y llevadero será el Apocalipsis colectivo.

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